La producción de cuatro capítulos adapta relatos macabros de la célebre escritora argentina bajo la dirección del cineasta chileno. Con Mercedes Morán al frente, la trama combina crímenes urbanos en Villa Lugano y comunicación con el más allá.

La literatura de Mariana Enríquez desembarca en el catálogo global de streaming con el estreno de Mis muertos tristes en Netflix, una miniserie de cuatro episodios dirigida por el cineasta chileno Pablo Larraín. La ficción, que viene de cosechar elogios y una cálida recepción tras su exhibición especial en la competencia oficial del 74º Festival Internacional de Cine de San Sebastián, fusiona diversos textos del universo literario de la autora —como el cuento homónimo, Julie, Un lugar soleado para gente sombría y Cuando hablábamos con los muertos— con guion coescrito por la propia narradora junto a Guillermo Calderón, Anastasia Ayazi y el propio realizador.
El eje dramático descansa sobre una lograda interpretación de Mercedes Morán en el papel de Ema, una médica recién jubilada de la salud pública que posee el don de comunicarse con las almas en pena y brindarles alivio. Tras mudarse a un chalet familiar en Villa Lugano, frente a las tensiones cotidianas del complejo Piedrabuena, la protagonista convive con su hija Carolina, encarnada por Dolores Fonzi, con quien mantiene un vínculo distante. El delicado balance entre la realidad y el más allá se resquebraja por completo tras el crimen de tres adolescentes del barrio y la llegada de sus parientes desde Estados Unidos: su hermana (Alejandra Flechner), su cuñado (Carlos Portaluppi) y su sobrina Julie (Carolina Álvarez), una joven que experimenta contactos sexuales con los muertos, huye de una internación psiquiátrica y acelera una espiral de desbordes familiares y comunitarios.
La narrativa visual articula el terror sobrenatural con problemáticas urbanas crudas como la violencia barrial, el punitivismo social y los discursos de intolerancia vecinal. La autora destacó el minucioso trabajo de Larraín para capturar las texturas, los contrastes cromáticos y la identidad barrial bonaerense, logrando entretejer tramas independientes en una atmósfera cohesiva donde los espectros funcionan como catalizadores de las heridas colectivas. Con un elenco que completan Germán de Silva y Luz Jiménez, la propuesta se consolida como un cruce potente entre el drama social y el horror psicológico.