El balotaje del 25 de octubre marcará el rumbo del intercambio bilateral con Washington, en medio de tensiones por el acceso a tierras raras, la presión arancelaria y la disputa geopolítica entre Estados Unidos y China.
La definición presidencial en Brasil pondrá en juego dos modelos diametralmente opuestos de inserción internacional y relacionamiento estratégico con Estados Unidos. De cara al balotaje previsto para el 25 de octubre, el senador Flávio Bolsonaro llega con impulso tras imponerse en la primera vuelta con el 47% de los sufragios frente al 45% del mandatario Luiz Inácio Lula da Silva. Quien resulte electo deberá arbitrar los delicados equilibrios geopolíticos entre sus dos principales socios comerciales —China y Washington— mientras se discute el acceso a los yacimientos de minerales críticos y tierras raras.
Ambos países formalizaron el mes pasado una mesa técnica bilateral para negociar la reducción de aranceles comerciales y delinear un nuevo marco de intercambio. Para la Casa Blanca, la prioridad reside en asegurarse suministros estratégicos de minerales en territorio brasileño con el fin de mitigar su dependencia del mercado chino. Analistas diplomáticos advierten que, ante la ventaja electoral del postulante opositor, la administración estadounidense podría dilatar cualquier entendimiento de fondo a la espera de una eventual victoria del dirigente conservador.
La política exterior del actual mandatario se ha caracterizado por un marcado perfil nacionalista y de defensa de la soberanía, intensificado tras los reclamos del presidente estadounidense Donald Trump para que la justicia brasileña desestime las condenas penales contra el expresidente Jair Bolsonaro, sentenciado a 27 años de prisión por planificar un intento de golpe de Estado. Lula ha priorizado el multilateralismo, la articulación del Sur Global y el afianzamiento del bloque de los BRICS, esquema que si bien le generó dividendos políticos internos, ralentizó las negociaciones arancelarias directas con Washington.
Incluso de obtener la reelección, el líder del Partido de los Trabajadores enfrentará un tablero institucional adverso: el nuevo Congreso dominado por bancadas conservadoras podría restringir su margen de maniobra. Especialistas del Peterson Institute for International Economics señalan que un Ejecutivo debilitado en las cámaras legislativas sufrirá fuertes presiones para ceder en las demandas norteamericanas vinculadas a la explotación y exportación de recursos naturales estratégicos.
Por su parte, Flávio Bolsonaro propone un viraje sustancial hacia un alineamiento irrestricto con Washington, respaldado por la estrecha sintonía de su entorno con el trumpismo. Su hermano, el exdiputado Eduardo Bolsonaro —radicado en territorio estadounidense tras haber sido condenado por el Supremo Tribunal Federal por incitar la intervención foránea en los procesos de su padre—, aparece como un articulador clave en las conversaciones para coordinar cargos y vínculos de política exterior en caso de alcanzar el Palacio de Planalto.
En el plano de la seguridad, el postulante del Partido Liberal ya coordinó posturas con Washington al solicitar formalmente que las principales facciones narcocriminales brasileñas sean catalogadas como Organizaciones Terroristas Extranjeras (FTO), iniciativa respaldada por la Casa Blanca pero rechazada tajantemente por Lula bajo el argumento de no vulnerar la jurisdicción nacional. Sin embargo, analistas en relaciones gubernamentales advierten que, si bien la afinidad con Trump facilitaría pactos comerciales rápidos, Bolsonaro enfrentará el desafío de no mostrar una postura de subordinación que comprometa los recursos mineros nacionales ni debilite la autonomía económica frente a sus propios votantes.